Nosotros

La Iglesia Bíblica Huesca Solo por Gracia está formada por un grupo de creyentes en Cristo, a quienes Dios en Su Providencia ha llevado a conocer con claridad las enseñanzas bíblicas que Su iglesia ha de creer y practicar.

Muchas de estas verdades fueron predicadas, proclamadas y amadas por grandes multitudes durante la Reforma Protestante del Siglo XVI, pero hoy en día son pocos los que la conocen y, tristemente, son muchos los que en su ignorancia la atacan.

 Estas verdades bíblicas tratan de la Gloria, la Majestad y la Soberanía de Dios en Su Obra de Salvación. En ellas se le da a Dios Su lugar de preeminencia en la Iglesia. Estas verdades son vitales para la adoración debida a Dios y la fiel proclamación de Su Gracia Soberana. 

Qué creemos

1. Creemos que la Escritura es la autoridad suprema para nuestra fe y nuestra manera de vivir

Cuando afirmamos que la Iglesia bíblica Huesca Solo Por Gracia procura ser una iglesia bíblica, no estamos hablando únicamente de nuestras doctrinas o de aquello que confesamos creer. También estamos afirmando que nuestra manera de vivir, tanto individualmente como en comunidad, debe estar sometida a la enseñanza de las Sagradas Escrituras.

No pretendemos afirmar que somos la iglesia perfecta, la más fiel o la más pura. Reconocemos nuestras limitaciones y nuestra necesidad permanente de la gracia de Dios. Sin embargo, nuestro deseo es crecer en obediencia, servir mejor al Señor y anunciar el Evangelio a todas las personas, conforme al mandato de Cristo en Mateo 28:18-20.

Por esta razón, entendemos que la verdadera obediencia a Dios no consiste simplemente en hacer aquello que nos parece correcto, sino en vivir de acuerdo con aquello que Él ha revelado en su Palabra.

Las confesiones reformadas han expresado esta convicción con claridad. La Confesión Bautista de Fe de Londres de 1689, en su capítulo 1, párrafo 10, afirma:

“El juez supremo, por el que deben decidirse todas las controversias religiosas, y por el que deben examinarse todos los decretos de concilios, las opiniones de autores antiguos, las doctrinas de hombres y espíritus particulares, y cuya sentencia debemos acatar, no puede ser otro sino las Sagradas Escrituras entregadas por el Espíritu.”

Esta declaración nos recuerda una verdad fundamental: ninguna autoridad humana está por encima de la Palabra de Dios. Si creemos que las Escrituras fueron inspiradas por Dios, entonces reconocemos que ellas poseen autoridad divina y que nuestra doctrina, nuestra conducta y nuestras prácticas deben someterse a lo que Dios ha revelado.

Como iglesia, nos gozamos en estar bajo el gobierno de Dios mediante su Palabra. Consideramos un privilegio que nuestras creencias y nuestras prácticas sean examinadas y corregidas por las Escrituras. Para nosotros, no existe una autoridad superior a la Palabra que Dios nos ha dado.

2. Creemos que la Confesión de Fe de Londres de 1689 es fiel a la enseñanza bíblica

Después de estudiar cuidadosamente la Confesión de Fe de Londres de 1689 y considerar sus enseñanzas a la luz de las Sagradas Escrituras, hemos llegado a la convicción de que su contenido expresa de manera fiel las doctrinas enseñadas en la Biblia.

Por esta razón, hemos decidido adoptarla libremente como nuestra confesión de fe. No consideramos la confesión como una autoridad superior a la Escritura, sino como una declaración doctrinal que resume aquello que creemos que la Biblia enseña.

De esta manera, la Confesión de Fe de 1689 sirve como una expresión pública de nuestra posición doctrinal delante de Dios, de los creyentes y de otras iglesias.

3. Creemos en el Principio Regulador de la adoración

La Iglesia Solo Su Gracia sostiene que la adoración que ofrecemos a Dios debe estar determinada y regulada por aquello que Él mismo ha establecido en su Palabra.

Creemos que Dios no nos ha dejado libertad absoluta para diseñar nuestra adoración según nuestros gustos, preferencias o las tendencias culturales de cada época. La iglesia está llamada a adorar al Señor de acuerdo con la revelación que Él nos ha dado.

Cristo enseñó que quienes adoran verdaderamente deben hacerlo “en espíritu y en verdad”. Por ello, entendemos que nuestra adoración debe estar fundamentada en la Escritura y orientada hacia Dios, y no hacia el entretenimiento, las preferencias personales o las expectativas de la cultura contemporánea.

Nuestro propósito no es crear una experiencia atractiva para el hombre, sino ofrecer a Dios una adoración que le honre y que esté de acuerdo con su voluntad revelada.

4. Creemos que la Ley Moral de Dios continúa siendo la norma de vida del creyente

Creemos firmemente, basados en el testimonio de las Escrituras, que la Ley Moral de Dios continúa teniendo un lugar importante en la vida cristiana.

La tradición reformada ha explicado históricamente tres usos principales de la Ley Moral:

1. Uso civil: establece principios que contribuyen al orden y a la convivencia dentro de la sociedad.
2. Uso pedagógico: muestra al ser humano su pecado y su incapacidad para alcanzar por sí mismo la justicia de Dios.
3. Uso normativo: sirve como guía para la vida del creyente que desea vivir en obediencia al Señor.

Es especialmente este tercer uso el que queremos destacar. Creemos que los Diez Mandamientos continúan funcionando como una norma moral para el creyente.

Esto no significa que la Ley tenga una función salvadora. Nadie es justificado delante de Dios por cumplir mandamientos. La salvación es exclusivamente por gracia, mediante la fe en Jesucristo. Sin embargo, una vez que una persona ha sido salvada, la Ley de Dios se convierte en una guía que le ayuda a comprender cómo debe vivir delante de su Señor.

La Ley Moral nos permite contemplar el carácter santo de Dios y nos muestra principios que deben caracterizar nuestra conducta.

Por eso consideramos preocupante que una iglesia deseche la Ley de Dios o decida arbitrariamente cuáles de sus mandamientos quiere obedecer y cuáles prefiere ignorar. La obediencia cristiana no consiste en escoger aquellas partes de la voluntad de Dios que nos resultan cómodas, sino en someternos humildemente a lo que Él ha establecido.

5. Creemos en la Teología Pactual desde una perspectiva bautista

Sostenemos que la relación de Dios con la humanidad debe entenderse también a la luz del concepto bíblico de los pactos.

Desde su nacimiento, el ser humano se encuentra relacionado con Adán, quien actuó como representante de la humanidad. Adán estaba bajo el pacto de obras, cuya exigencia era una obediencia perfecta. Sin embargo, Adán transgredió el mandamiento de Dios y, como consecuencia, el pecado y sus efectos alcanzaron a todos sus descendientes.

Por estar unidos a Adán, los seres humanos nacen bajo la realidad de la caída y, por naturaleza, se encuentran bajo condenación. La herencia que recibimos de nuestra unión con Adán no es vida ni justicia, sino pecado y muerte.

Pero el Evangelio anuncia una realidad completamente diferente.

Cuando un pecador, por la gracia de Dios, pone su fe en Jesucristo, pasa de estar unido a Adán a estar unido a Cristo. Su representante ya no es Adán, sino Cristo.

Esta nueva unión se encuentra en el pacto de gracia. Y así como aquellos que están en Adán reciben las consecuencias de la caída, aquellos que están en Cristo reciben las bendiciones que Dios concede por medio de Él.

Cristo cumple perfectamente aquello que nosotros no podíamos cumplir y, como nuestro representante, garantiza para su pueblo las bendiciones de la salvación que Dios determinó desde la eternidad.

6. Creemos que las doctrinas de la gracia manifiestan la soberanía de Dios en la salvación

Como iglesia reformada, creemos que las doctrinas de la gracia resumen de manera fiel la enseñanza bíblica acerca de la salvación y ponen de manifiesto que Dios es soberano desde el principio hasta el final de la obra redentora.

Estas doctrinas pueden resumirse de la siguiente manera:

1. Depravación total

Creemos que el pecado ha afectado profundamente todas las dimensiones del ser humano. Su mente, sus afectos, su conciencia y su voluntad han sido afectados por el pecado.

Por naturaleza, el hombre no posee en sí mismo la capacidad espiritual para acercarse a Dios y hacer aquello que verdaderamente le agrada.

Por eso, cuando Dios llama al pecador al arrepentimiento y a la fe, este necesita la intervención de la gracia divina para poder responder correctamente al Evangelio.

2. Elección incondicional

Creemos que Dios escogió desde la eternidad a personas de toda tribu, pueblo, lengua y nación para que fueran adoptadas como hijos suyos.

Esta elección no se fundamenta en obras previstas, méritos humanos o cualidades que Dios haya encontrado previamente en esas personas. La elección descansa en el propósito soberano de Dios y en su voluntad eterna.

La salvación comienza en Dios y no en el mérito del hombre.

3. Redención particular

Creemos que la muerte de Cristo en la cruz tuvo un propósito definido: realizar eficazmente la obra de redención de aquellos que Dios le dio.

Cristo no murió simplemente haciendo posible una salvación que finalmente depende de la decisión humana. Su sacrificio fue una obra eficaz mediante la cual aseguró la redención de su pueblo.

La cruz no fue un intento de salvación, sino una obra perfecta y suficiente para aquellos por quienes Cristo entregó su vida.

4. Llamamiento eficaz o gracia eficaz

El llamamiento eficaz describe la obra del Espíritu Santo mediante la cual Dios aplica eficazmente la obra de Cristo al corazón del pecador.

Cuando el Espíritu Santo obra de manera salvadora en una persona, transforma su corazón y le concede la capacidad de responder al Evangelio con arrepentimiento y fe.

La gracia de Dios no solamente ofrece salvación; también produce en el pecador regenerado la respuesta necesaria para recibirla.

5. Perseverancia y preservación de los santos

Creemos que aquellos que han sido verdaderamente regenerados por el Espíritu Santo serán preservados por la gracia de Dios y perseverarán en la fe.

La salvación no depende finalmente de la capacidad del creyente para conservarse a sí mismo, sino de la fidelidad de Dios para preservar a aquellos que Él ha salvado.

Dios concede la gracia necesaria para creer y también sostiene al creyente durante toda su peregrinación. Por ello podemos afirmar que la misma gracia que inicia la salvación es la gracia que sostiene al creyente hasta el final.

7. Creemos que una iglesia bíblica debe estar fundamentada en los cinco pilares de la Reforma

Consideramos que los principios fundamentales de la Reforma Protestante expresan verdades esenciales de la enseñanza bíblica. Por ello, una iglesia que desea ser fiel a las Escrituras debe estar edificada sobre estos cinco principios.

1. Solo Escritura

Entre los principios de la Reforma, este ocupa un lugar fundamental.

Afirmar Solo Escritura significa reconocer que la Biblia posee la autoridad suprema para determinar lo que la iglesia debe creer y cómo debe vivir.

Por tanto, toda doctrina, enseñanza, práctica y costumbre de la iglesia debe ser examinada a la luz de la Palabra de Dios.

Esto implica dos afirmaciones complementarias:

Positivamente: debemos obedecer aquello que Dios ha ordenado en su Palabra.

Negativamente: no debemos establecer como obligación espiritual aquello que Dios no ha establecido en las Escrituras.

La iglesia no tiene autoridad para colocar sus propias tradiciones al mismo nivel que la revelación divina.

2. Solo Fe

La Reforma Protestante recuperó la enseñanza bíblica acerca de la justificación por la fe.

La Escritura enseña que la justicia de Dios es recibida por medio de la fe en Jesucristo (Romanos 3:22). Por eso rechazamos la idea de que una persona pueda ser declarada justa delante de Dios debido a sus propios méritos, obras o esfuerzos religiosos.

La fe misma es un regalo de Dios (Efesios 2:8), y el pecador es justificado por medio de esa fe en Cristo.

Esto no significa que las buenas obras sean innecesarias en la vida cristiana. Al contrario, una fe verdadera produce una vida transformada. Pero las obras son el fruto de la salvación, no la causa por la cual Dios declara justo al pecador.

3. Solo Cristo

Con Solo Cristo afirmamos que Jesucristo es absolutamente central, suficiente y necesario para la salvación.

No existe otro mediador capaz de reconciliar al pecador con Dios. Hechos 4:12 declara que no existe otro nombre dado a los hombres mediante el cual podamos ser salvos.

La salvación no depende de quiénes somos, de nuestros logros religiosos ni de nuestras obras. Todo descansa en la persona y en la obra de Jesucristo.

El pecador es salvo porque Cristo vivió en perfecta obediencia, murió en la cruz en lugar de los pecadores y resucitó victorioso.

Por eso, toda la gloria de la salvación debe dirigirse a Cristo.

4. Solo Gracia

La salvación tiene su origen en la gracia soberana de Dios.

El ser humano no puede presentarse delante del Señor reclamando que merece ser salvado por sus propias obras. La salvación es un regalo inmerecido que Dios concede por pura gracia.

Esto significa que la causa última de nuestra salvación no está en nosotros, ni en nuestras capacidades, ni en nuestros méritos, sino en la misericordia y el favor de Dios.

La gracia excluye toda posibilidad de que el hombre pueda atribuirse el mérito de su salvación.

Solo gracia significa que desde el comienzo hasta el final, la salvación es una obra de Dios.

5. Solo la Gloria a Dios

Finalmente, afirmamos que toda la gloria pertenece exclusivamente a Dios.

Como iglesia, nuestro objetivo debe ser glorificar al Señor mediante nuestra doctrina, nuestra adoración, nuestra conducta y nuestra obediencia a las Escrituras.

Pero este principio alcanza su máxima expresión cuando contemplamos la salvación.

Si Dios es quien elige, llama, regenera, justifica, santifica y preserva a su pueblo, entonces ninguna persona puede atribuirse el mérito de haber producido su propia salvación.

Por eso, toda la gloria pertenece a Dios y únicamente a Él.

Nuestra meta como iglesia no debe ser exaltar al hombre, construir nuestra propia reputación o buscar reconocimiento, sino proclamar la grandeza de Dios y vivir de tal manera que nuestras vidas apunten hacia Él.

A Él pertenece toda la gloria.

«El fin principal del hombre es glorificar a Dios, y gozar de Él para siempre.»